La semana pasada me bajé
con mi madre al centro -sí, soy de Gamonal; quién lo diría, eh?- a
echar un ojo a la ropa de nueva temporada. Como viene ocurriéndome
desde hace un tiempo, fui incapaz de encontrar nada decente en las
tiendas: pantalones de rayas blancas y negras que sientan bien a
todos los cuerpos, estampados étnicos imposibles, ropa flúor y
flecos y tachuelas hasta en las bragas. Así os puedo resumir las
mierdas tendencias de esta primavera-verano.
Tras la infructuosa
expedición y con ganas de dar un descanso a mis ojos después del
mal rato pasado, nos fuimos a tomar un té. Ya en la cafetería (un
lugar repleto de familias) decidí ir al baño, con la mala suerte de
entrar justo después de una madre y dos niñas. Allí estaba yo
aguantando hasta que llegara mi momento de gloria cuando entró un
chico. Tras ver que el baño de hombres también estaba ocupado y que
le iba a tocar esperar como a mí, empezamos una conversación sobre
puertas. Dos minutos de tonterías bastante graciosas que amenizaron
la espera. Ahí se separaron nuestros caminos. Todo normal, pero, y
si os pregunto que de dónde era el chico???
Quizás cambie la pregunta: ¿de dónde no era el chico? A más de un@ seguro que le habrá venido a la cabeza: ¡de Burgos!
Y ojo, que yo soy
burgalesa, pero admitámoslo: no somos conocidos por nuestra simpatía
y extroversión.
Volvemos a las generalizaciones, así que
puntualizo: no todos los burgaleses son o somos fríos y bordes; pero
tengo amigos que no son de aquí y cada vez que conozco a alguien de
fuera de las fronteras burgalesas oigo eso de que en Burgos cuesta
muchísimo encontrar a alguien que te dé conversación o entrar en
un grupo; y ya no os quiero contar hacer amigos!
Triste, pero cierto. Días
antes de mi encuentro con el simpático del baño estuve tomando algo
con una amiga de la adolescencia a la que veo de ciento en viento. Le
estaba contando mis idas y venidas cuando me preguntó: pero tú, a
esa gente ¿cómo la conoces? Pues no sé... en bares, en conciertos,
festivales... lo normal, supongo -le dije-. Su reacción fue algo así
como: yo es que no soporto eso de que me vengan desconocidos a
hablarme, ¿para qué? No quiero conocer a nadie, ya conozco a gente,
no tengo que aguantar eso.
Me resultó curioso
porque cuando éramos más jóvenes ella era la persona más
extrovertida que conocía, hasta llegar al punto de ir donde un grupo
de chicos, volver al cabo de media hora y decir: pues no eran los que
yo conocía, pero bueno, me he quedado hablando con ellos...
Y yo, que quizás pecaba
de borde (que lo sigo siendo, pero sólo cuando quiero) y pensaba que
mejor malo conocido que bueno por conocer, ahora soy capaz de ponerme
a hablar con un tío de 50 años a las 4 de la mañana sobre árboles
genealógicos como si fuera lo más normal del mundo.
Así que después de ver
cómo cambian las cosas y las vueltas que da la vida, lo que me toca
ahora es daros el briconsejo del día: conoced gente, es divertido,
incluso se pueden aprender cosas. Y si os da cosilla, cogedlo por
otro lado: pensad que hay que tener amigos hasta en el infierno.

Al menos, queridita, espero que salieses de ese baño o bien con el pintalabios corrido o con un número de teléfono... Ya tu sabes...
ResponderEliminar