Mi madre tiene una
costumbre que me resulta muy molesta: adelanta todos los relojes
cinco minutos. Mi padre ha llegado a la conclusión de que vive
"anticipada", que sabe lo que va a ocurrir antes que los
demás. A veces llego a pensar que es verdad, todo sea dicho.
Cinco minutos. Sólo
cinco minutos. Cinco minutos para remolonear entre las sábanas.
Cinco minutos esperando a quien llega tarde. Dos situaciones que
nuestro reloj cognitivo percibe de forma muy diferente. Mientras que
en la primera esos cinco minutos se convierten en un segundo, en la
segunda tenemos la sensación subjetiva de que pasa una eternidad.
Y es que en esto de la
percepción del tiempo hay un componente emocional bastante
importante.
Hay dos momentos del año
en que me pongo profunda y me planteo esto del paso del tiempo:
Navidad y San Pedro. Medio año entre una fecha y otra. Tradición un
tanto idiota es la que sigo con una amiga, que llegadas estas fechas
siempre decimos una frase lapidaria: "Y en nada San Pedro"
(en el caso de estar en Navidad) o "Y en cuanto te descuides ya
está aquí la Navidad" (cuando andamos de fiestas en Burgos).
Lo peor es que es cierto. Hace ya medio año que estábamos con el
turrón y ahora toca ponerse morados a tapas. ¿Y qué he hecho yo en
todo este tiempo?
Rápido o lento, el
tiempo pasa. Y una de repente se encuentra con 27 años. Tampoco voy
a ponerme trascendental y empezar a buscar el sentido de la vida (y
en especial de la mía, que ya bastante tengo con vivirla). Por el
momento prefiero pasar ese tiempo tomando cañas con los amigos, y
quizás así pierda el sentido... del tiempo!

