jueves, 30 de mayo de 2013

La delgada línea entre el amor y el odio

Encontré este artículo allá por el 2008 y me pareció bastante curioso en aquel entonces. Han pasado la friolera de cinco años y ahora podría decir que me parece clarificador y hasta lógico.
Lo mismo cuando lo leáis encontráis explicación a ciertas cosas que os hayan pasado o a algunos comportamientos propios.
Científicos británicos descubrieron el mecanismo del cerebro humano que produce que odiemos a alguien. Y la zona donde se inicia esta poderosa emoción está íntimamente relacionada al área cerebral donde se produce el amor, afirmó la investigación llevada a cabo en la Universidad de Londres.

El estudio analizó a varios voluntarios que miraron fotografías de alguien a quien odiaban. Descubrieron que se activaban una serie de circuitos cerebrales en un área del cerebro que comparte ciertas estructuras asociadas al amor romántico.

"El odio a menudo es considerado una pasión malvada que debe ser reprimida, controlada y erradicada" explicó el profesor Semir Zeki, quien dirigió el estudio.

Pero para los neurobiólogos el odio es una pasión tan interesante como el amor. "Igual que el amor, el odio a menudo parece ser irracional y puede conducir al individuo a conductas heroicas o malvadas. ¿Cómo es posible que dos sentimientos tan opuestos conduzcan al mismo comportamiento?".

Los investigadores también descubrieron una diferencia importante en la actividad cortical que producen tanto el odio como el amor: "Mientras que en el amor grandes partes de la corteza asociadas al juicio y razonamiento se desactivan, con el odio sólo se desactiva una pequeña zona".

Los investigadores creen que esto es sorprendente si consideramos que el odio también es, como el amor, una pasión que nos consume totalmente. Pero mientras que en el amor romántico el amante pocas veces es crítico o juzga a la persona amada, en el contexto del odio, el que odia utiliza su criterio y es calculador para hacer daño, herir o vengarse de la persona odiada.

Lo cierto es que no sé cuánto puede llegar a medir esa delgada línea entre el amor y el odio, pero es una distancia que se puede recorrer en muy poco tiempo y en la mayoría de los casos es un camino sin retorno.
Amor y odio, aunque opuestos, son sentimientos; y fuertes. Y el que odia, en definitivas cuentas, sigue teniendo un vínculo importante con la persona odiada.

Optemos pues, amigos, por cortar esa delgada línea o bien bailar encima de ella con la despreocupación de la indiferencia.


P.D. Os amo.


lunes, 20 de mayo de 2013

Sonríe, es Burgos

La semana pasada me bajé con mi madre al centro -sí, soy de Gamonal; quién lo diría, eh?- a echar un ojo a la ropa de nueva temporada. Como viene ocurriéndome desde hace un tiempo, fui incapaz de encontrar nada decente en las tiendas: pantalones de rayas blancas y negras que sientan bien a todos los cuerpos, estampados étnicos imposibles, ropa flúor y flecos y tachuelas hasta en las bragas. Así os puedo resumir las mierdas tendencias de esta primavera-verano.

Tras la infructuosa expedición y con ganas de dar un descanso a mis ojos después del mal rato pasado, nos fuimos a tomar un té. Ya en la cafetería (un lugar repleto de familias) decidí ir al baño, con la mala suerte de entrar justo después de una madre y dos niñas. Allí estaba yo aguantando hasta que llegara mi momento de gloria cuando entró un chico. Tras ver que el baño de hombres también estaba ocupado y que le iba a tocar esperar como a mí, empezamos una conversación sobre puertas. Dos minutos de tonterías bastante graciosas que amenizaron la espera. Ahí se separaron nuestros caminos. Todo normal, pero, y si os pregunto que de dónde era el chico???

Quizás cambie la pregunta: ¿de dónde no era el chico? A más de un@ seguro que le habrá venido a la cabeza: ¡de Burgos!

Y ojo, que yo soy burgalesa, pero admitámoslo: no somos conocidos por nuestra simpatía y extroversión.
Volvemos a las generalizaciones, así que puntualizo: no todos los burgaleses son o somos fríos y bordes; pero tengo amigos que no son de aquí y cada vez que conozco a alguien de fuera de las fronteras burgalesas oigo eso de que en Burgos cuesta muchísimo encontrar a alguien que te dé conversación o entrar en un grupo; y ya no os quiero contar hacer amigos!

Triste, pero cierto. Días antes de mi encuentro con el simpático del baño estuve tomando algo con una amiga de la adolescencia a la que veo de ciento en viento. Le estaba contando mis idas y venidas cuando me preguntó: pero tú, a esa gente ¿cómo la conoces? Pues no sé... en bares, en conciertos, festivales... lo normal, supongo -le dije-. Su reacción fue algo así como: yo es que no soporto eso de que me vengan desconocidos a hablarme, ¿para qué? No quiero conocer a nadie, ya conozco a gente, no tengo que aguantar eso.
Me resultó curioso porque cuando éramos más jóvenes ella era la persona más extrovertida que conocía, hasta llegar al punto de ir donde un grupo de chicos, volver al cabo de media hora y decir: pues no eran los que yo conocía, pero bueno, me he quedado hablando con ellos...
Y yo, que quizás pecaba de borde (que lo sigo siendo, pero sólo cuando quiero) y pensaba que mejor malo conocido que bueno por conocer, ahora soy capaz de ponerme a hablar con un tío de 50 años a las 4 de la mañana sobre árboles genealógicos como si fuera lo más normal del mundo.

Así que después de ver cómo cambian las cosas y las vueltas que da la vida, lo que me toca ahora es daros el briconsejo del día: conoced gente, es divertido, incluso se pueden aprender cosas. Y si os da cosilla, cogedlo por otro lado: pensad que hay que tener amigos hasta en el infierno.


miércoles, 8 de mayo de 2013

El querer y el poder

El miedo es algo natural, una respuesta fisiológica de nuestro instinto de conservación. El ser humano nace sólo con dos miedos: el miedo a las alturas y el miedo a los sonidos fuertes; al parecer, básicos para nuestra supervivencia. El resto de los miedos son aprendidos, y las reacciones ante ellos son de lo más variopintas, desde respuestas eufóricas a depresivas.

A mí me dan miedo las serpientes. Siendo más específica, diría que me dan miedo las víboras, aquellas cuyo veneno puede resultar mortal. Que ¿de dónde he sacado ese miedo? Pues de la tele, supongo... El caso es que si me encontrara con una probablemente mi respuesta sería quedarme quieta, paralizada.

Curiosamente, las víboras intentan morderte si se sienten atacadas. Lo que viene a ser que las víboras tienen miedo de las personas (siempre y cuando sientan que son atacadas). ¡Ojo! digo sientan que son atacadas, porque uno puede levantar unas piedras sin saber que es su refugio o tener la mala suerte de pisar una... Ellas sentirán que están siendo atacadas e intentarán morderte. Luego ya depende de los reflejos de cada uno... hay quien se libra de la mordedura.

Eres un ser humano, tienes un tamaño considerablemente más grande que ellas. Saben que puedes hacerles daño, y ante ese miedo, actúan. Si fuésemos un ratoncillo, por mucho que quisiéramos no podríamos hacerles nada; bueno, nada más allá que pasar a ser parte de su almuerzo... Pero por circunstancias de la vida (que no procederé a relatar) me ha tocado ser persona; y por mi naturaleza puedo convertirme en amenaza para las víboras. Que por otro lado mejor ¡eh!, que si llego a ser ratoncillo, por mucho que quisiera, no podría hacer daño a la víbora y escapar. ¡Que no siempre querer es poder!

Iba a dar por finalizada esta entrada, pero en mi proceso de investigación acabo de toparme con un artículo que dice que si nos encontramos con una serpiente, hay que moverse lentamente y no hacer movimientos bruscos. Así que no iba yo tan mal encaminada con mi opción de quedarme quietecita...


jueves, 2 de mayo de 2013

It's my party and I'll cry if I want to

Sé que sólo tengo 27 años, pero hubo un tiempo en el que cumplir años me resultaba de lo más terrible. Lo achaco a que, a pesar de hacer alguna celebración en los días anteriores o posteriores, el día de mi cumpleaños lo pasaba "sola".

Cuando era una niña, los cumpleaños en mi casa se celebraban rodeados de toda la familia. Fácilmente podíamos juntarnos 20 personas apretujadas en el salón; y nos poníamos hasta las patas de comida. Así que imagino que estando acostumbrada a todo eso, el pasar a no celebrar un día que se supone especial me resultaba muy triste.

Para mí un cumpleaños es algo importante. He vivido un año más; con todos sus momentos -grandes y pequeños, buenos y malos- que lo han marcado. Y me gusta celebrarlo con aquellos con los que he compartido todo ese año, echar la vista hacia atrás, sacar conclusiones y tirar para adelante. Si algo he aprendido es que no es un día para estar solo.

Así que poniéndome un poco ñoña, quiero agradecer a tod@s l@s que han querido vivir este año conmigo: a aquell@s con l@s que estoy casi a diario; a aquell@s que a pesar de estar a kilómetros de distancia siguen siendo una parte muy importante de mi vida; a aquello@s que llevan ahí la friolera de 24 años aguantándome; a aquell@s que pasaron de forma fugaz y a aquell@s a los que he conocido este año y aún no son conscientes de dónde se han metido. Tod@s habéis colaborado para que mis 26 hayan sido un gran año y creo que no me equivoco cuando digo que me habéis ayudado a espabilar un poco más. Me guardo todas esas experiencias y paso a la página 27 con muchas ganas de ver qué me deparará este capítulo.