No sé si tengo ganas de
ponerme a escribir, más bien me decanto por el no; pero al menos
mientras tecleo no me estoy chinchando los padrastos, que a este
ritmo me van a llegar hasta el codo.
Últimamente ando escasa
de ideas, o mejor dicho: ando escasa de situaciones que me evoquen
ideas y me provoquen escribirlas irrefrenablemente. Estoy gastando
las pocas palabras que se me ocurren en redacciones para mis clases
de inglés –todo sea dicho, con un resultado bastante positivo-.
Desde mi tranquila
existencia observo el panorama. Probablemente si fuese verano
disfrutaría más de ese pequeño placer que es para mí el sentarme
en un banco o en la terraza de un bar y ver la gente pasar; pero
dadas las circunstancias meteorológicas tengo que conformarme con lo
que me aportan algunos lugares cerrados y la comunicación por las
redes sociales (que no es poco, por otra parte).
Siempre me fascinaron las
personas, así, en general. Su comportamiento, sus respuestas ante
ciertos estímulos, sus interacciones... y les intento buscar una
lógica, saber qué hay detrás. El problema es que el ser humano
muchas veces ignora toda lógica. Nos quedamos atascados en un
vórtice de emociones y sentimientos -culpabilidad, celos, ira...-
que nos impide ver las situaciones con claridad. Y a veces
arrastramos a los demás al interior de ese vórtice y hasta acabamos
en otra dimensión. Hay mucha gente allí, al otro lado, aunque no os
lo creáis.
Así que hay días que mi
labor de encontrarle lógica se complica y acabo desistiendo. Como
ahora, que me voy al sofá porque esto no tiene sentido.
