Hace
tiempo que no tenía una gran resaca (mejor para mí, desde luego);
pero el viernes me atacó esa clásica a la par que traicionera
resaca post-siesta que te deja la cabeza que no sabes si vas o si
vienes. Te levantas bien -a la hora de comer, eso sí- pero tras
echar una cabezadita para terminar de recuperar el sueño que te
robaron la noche anterior, te levantas hecha mierda.
El
problema es que mi cabeza no para y está llena de pensamientos
inconexos y conocimientos inútiles (salvo para las partidas de
triviados) y cuando me desperté de esa siesta mortal una idea pasó
por mi mente cual estrella fugaz. Propósito de enmienda. Esa era la
idea. Dos palabras que me sonaban de algo, no recordaba el qué.
Pasados unos minutos y un comprimido de ibuprofeno logré averiguar
de dónde venían y la retahíla a la que iban unidas. Esa que se
acaba grabando en tu cabecita cuando eres pequeña porque te la
repiten mil veces pero que no sabes lo que significa (y no tienes ni
el menor interés en saberlo). Eran algo así como las fases de la
confesión que la catequista y la profe de religión te contaban al
prepararte para la primera comunión:
examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda,
decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.
Afortunadamente, cosas más importantes y útiles que ésta me ha
aportado la educación que he recibido; sino, jodida estaba.
El
caso es que me hizo gracia pensar por qué razon me rondaban la mente
estas palabrejas y que quizás ahora tenían más sentido que cuando
me las repetían de niña:
- Examen
de conciencia: Madre mía, ¿qué c*** hice anoche?
- Dolor
de los pecados: Estoy fatal, ¿quién me mandaría?
- Propósito
de enmienda: No vuelvo a liarla así en mi vida.
- Decir
los pecados al confesor: Tía, anoche se me fue de las manos.
- Cumplir
la penitencia: Dolor de cabeza, náuseas, sudores fríos...
Mi
resaca se pasó con el ibuprofeno, nada grave. Eso sí, espero no
tener que confesarme en mucho tiempo...

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